Meditacion MISIONERA

Publicado en por Octas

Meditación Misionera - Marzo 2009

Pobreza y vocaciones

Estamos en cuaresma que es un buen tiempo para acordarnos que “seguimos las huellas de un Maestro que se hizo pobre por nosotros” (C. 19). Y acabo de regresar de un viaje a África, concretamente a Camerún y Nigeria, donde me he dado cuenta nuevamente que “podemos aprender mucho de los pobres, especialmente la paciencia, la esperanza y la solidaridad” (C. 20).

En Camerún mi visita me llevó esta vez solo a Yaundé. La hice ante todo para ver nuestro filosofado; 50 escolásticos oblatos de diversos países estudian allí. Celebramos juntos el 17 de febrero y en la ocasión cuatro jóvenes renovaron los votos. El intercambio con jóvenes oblatos en formación es siempre enriquecedor. Cuando conversé con ellos, grupo tras grupo, entre las preguntas más frecuentes estaba ésta: ¿por qué la mayoría de las Unidades oblatas tienen bastante vocaciones pero las hay tan pocas en el mundo occidental? Ésta parece ser una preocupación que realmente intriga a nuestros jóvenes, y la he escuchado expresada por ellos en varias partes del mundo.

Hay respuestas inmediatas que se pueden dar explicando lo que pasa en los países secularizados pero la cuestión merece ser meditada con más calma. ¿Y si tal vez las vocaciones sí tienen que ver con la pobreza?

Constatemos el simple hecho que en muchos países de escasos recursos más jóvenes se sienten atraídos a la vida oblata. De paso notemos que esto no sucede de manera automática: en partes de América Latina, en ciertos países del bloque comunista y hasta en partes de África nuestras vocaciones son pocas incluso en ambientes pobres. Pero queda cierto, la mayoría de nuestras vocaciones provienen de países con economías débiles.

¿Cómo analizar este hecho? Entre los factores externos que influyen en el número de vocaciones en estos países creo que se debe tener en cuenta sobre todo la familia. Frecuentemente la estructura de la familia amplia y de numerosos hijos ha quedado intacta, y si ahí se vive la fe, siempre nos vienen numerosas vocaciones. Condiciones que habrá que considerar también, son la falta de oportunidades de estudio y trabajo y el prestigio del sacerdote. Aquí puede haber motivaciones secundarias que necesitan ser evaluadas pero no excluyen a nadie si la motivación principal es el llamado de Dios. Hay entonces explicaciones sociológicas por la correlación entre pobreza y vocaciones, y éstas se corroboran considerando que también en el mundo occidental había muchas vocaciones 60 años atrás cuando las familias eran numerosas y el ambiente general más pobre.

Pero el viaje a África me ha recordado que existe una correlación entre vocación a la vida oblata y pobreza que va más allá de lo sociológico. ¿Acaso no dice la primera bienaventuranza proclamada por Jesús: “Bienaventurados los pobres en Espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mt 5:3)? Concretamente me he dado cuenta por la visita en la misión de Nigeria cuánto la gente sencilla puede ser un apoyo a la vida religiosa misionera y cuánto ella nos enseña en particular cómo vivir nuestro voto de pobreza.

Quiero mencionar aquí dos cosas. Primero y principalmente, las necesidades materiales y a veces la persecución religiosa hacen que el pobre se refugie en Dios y busque el consuelo que la comunidad de los fieles puede ofrecer. Nigeria en estos meses ha sufrido mucha intolerancia religiosa. Es por estos mismos caminos de sufrimiento que San Eugenio ha encontrado a Cristo, el Salvador crucificado, y ha querido reconstruir su Iglesia.

Segundo, nuestra Constitución 20, citada arriba, menciona la solidaridad como una lección a aprender de los pobres. Déjenme decir algo más sobre esto. La Iglesia en Nigeria vive como pocas otras de la solidaridad de todos los fieles. Durante la semana que me quedé allí, me pude dar cuenta muy concretamente. ¡Recibí tantos regalos! - media docena de pollos, dos o tres cabras, un pavo, ropa, dos largos viajes de taxi pagados, vestimentas litúrgicas y una suma considerable de dinero. La gente sencilla en los pueblos es muy solidaria para con la Iglesia y hasta los que tienen más y viven en las grandes ciudades contribuyen con su pueblo de origen. La consecuencia de esta solidaridad para nosotros los oblatos es que la gente que nos da generosamente tiene todo derecho de exigirnos mucho, y lo exige.

Sociológicamente y espiritualmente, ¿podemos concluir que pobreza y vocación a la vida religiosa y misionera en cierto sentido van juntos? ¡Creo que sí! Solo el pobre busca refugio en Dios de todo corazón, solo él tiene urgencia de apoyarse en la solidaridad de los otros. De los pobres todos podemos aprender a depender de Dios en las precariedades y persecuciones, y a depender de lo que los otros nos dan. Los pobres interpelan también a los jóvenes a ser “pobres en Espíritu”, dándose totalmente a Dios y gastándose para los demás. El contacto con los pobres hace comprender a los jóvenes que una vida misionera y según los votos tiene sentido.

Queda la inquietud de los escolásticos de Yaundé sobre las vocaciones en occidente. Por lo menos hagámonos una pregunta: también en los países secularizados, ¿no estaría uno de los secretos para recibir vocaciones en una mayor cercanía a los pobres? Son ellos los que tienen una afinidad a la vida religiosa misionera y pueden hacerla atractiva a los jóvenes. ¡El Reino de Dios está allí!

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