Los Oblatos entre los pobres

Publicado en por Octas

Hilo que debe coserse de esperanza (04/03/2009 - Baja California)

La realidad es la siguiente: el costo de la vida en Tijuana es exactamente el mismo que del otro lado de la frontera, en los Estados Unidos. Sin embargo en un “buen” trabajo en una fábrica en Tijuana sólo se gana $80 por semana, mientras que en los Estados Unidos, el salario mínimo es fijado en $234 por semana. Como se puede comprender, esta diferencia hace la vida difícil, si no imposible en Tijuana, donde los obreros trabajan más de sesenta horas por semana, comparado a las cuarenta de los EEUU. ¿Se puede entender lo que significa hacer horas extraordinarias para alimentar a la familia o volver a la casa para tener la oportunidad de verlos?


Los Oblatos viven entre los pobres y atienden a los que viven en condiciones deplorables. En el barrio conocido como la Morita, la pobreza es profunda. Las casas están hechas de puertas de garajes y se alinean a lo largo de calles destartaladas y sucias. Los cables eléctricos están tiraos por tierra buscando desesperadamente extraer la electricidad de las casas vecinas.

Los Oblatos establecieron la Misión San Eugenio en la Morita. Aquí, los indigentes pueden consultar a un médico, un dentista, o incluso un kinesiólogo, sin preocuparse del gasto. Los niños pueden hacer sus deberes o aprender a ocupar un computador. Las mujeres se encuentran para enterarse de los asuntos que van a beneficiar a sus familias. Estos servicios son un elemento vital para la supervivencia diaria de las ciento ochenta mil personas que viven en esta misión oblata, donde sin los Oblatos, nunca habrían conocido estas posibilidades extraordinarias.

Incluso el zumbido de las máquinas de coser es un ruido de esperanza para numerosas mujeres que viven en la Morita. Estas mujeres trabajan duro para aprender a coser suficientemente, para hacer un uniforme escolar y ropa. Para ellas no es un hobby. Aprender costura por un dólar por sesión puede transformar su vida y la vida de sus hijos.

La clase de costura comenzó con la Misión de la Morita en 1998; utilizaba entonces “el Arco iris”, un pequeño garaje en la propiedad del Oblatos. Hoy el grupo se encuentra en el sótano de la clínica. La clase fue fundada por una mujer del nombre Mariana, cuya fotografía está colgada en la pared como un monumento. Desde que Mariana murió de cáncer, Angélica comprendió cuan vital era esta enseñanza de la costura.

Explica que demasiadas personas son egoístas con su tiempo y sus talentos. “Debo enseñar” se dijo. Se empeña para proporcionar a la clase un mar continuo de novedades, compra revistas de costura con estampados de color local. Descubrir noticias y apasionantes técnicas no es el único que combate Angélica. La clase sólo tiene tres máquinas que coser, mientras que en la pequeña sala se puede encontrar hasta diez y más aprendices, impacientes de probar sus aptitudes.

En tres meses, las mujeres aprenden a coser una camisa. Tres meses más y sabrán hacer una blusa. Muchas mujeres vienen prioritariamente para aprender a coser un uniforme escolar. Eso no servirá solamente para sus propios hijos, sino que podrán aceptar solicitudes de otros padres que no saben coser. Para hacer un uniforme es necesario normalmente tres horas de trabajo y la modista gana al final cinco dólares.

Se apasionan las mujeres reunidas en la minúscula sala de clases de la Misión de la Morita. Quieren saber, hacer intercambios y cambiar absolutamente de la vida de sus familias gracias a estos cinco dólares de que les aportan cada uniforme que hacen. Para ellas, la costura es más que una distracción. Coser es tener ropas que ponerse, comida sobre la mesa y un techo que las cubra. (Pablo WILHELM en Oblates, Primavera 2008)

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